martes, 14 de junio de 2011

PIU PIRIPIU

Piu Piripiu
en Cuentopos de Gulubú
María Elena Walsh

La mamá de Felipito Tacatún lo mandó a comprar media docena de huevos.
—“Media docenas de huevos...” repetía Felipito por el camino, para no olvidarse.
Porque era tan distraído que a lo mejor se le ocurría comprar un tarro de moscas, o una escoba o media docena de nubes.
Y le retumbaba en los oídos las palabras de su mamá:
—Cuidado, que los huevos están muy caros. A no tropezar y romperlos.
Felipito compró los huevos y salió del almacén caminando despacito, casi sin respirar y mirándose las zapatillas, bizco de preocupación.
En eso se oyó desde una rama:
“¡ Pi piripí!”
Felipito alzó los ojos para mirar al pájaro que cantaba tan bien cuando ¡zápate! Tropezó, se cayó,  y los huevos se hicieron añicos.
Allí nomás se sentó Felipe en el cordón de la vereda a llorar desconsoladamente.
El pajarito, al ver el zafarrancho, se descolgó enseguida de la rama y también se sentó en el cordón de la vereda, diciendo:
“¡Piu piripiú!”
Filipito, triste y preocupado, le dijo:
—Ssh, no cantes.
—No estoy cantando, le dijo el pajarito, te estoy ayudando a llorar.
—Bah, ¿Qué diferencia hay entre tu canto y tu llanto?
—Mucha, le contestó el pajarito, ¿no oíste que antes decía “pi piripí” y ahora digo “piu piripiú”, que en idioma de pajarito quiere decir: “¡Qué desgracia!”
—Sí, contestó Felipe, pero con piu piripiú no vamos a remendar estos huevos rotos, y mi mamá me va a dar una buena paliza.
—Vamos a ver, vamos a píripi ver, le contestó el pajarito. Yo entiendo bastante de éste asunto... Hace mucho, para nacer, yo tuve que romper un huevo con el pico, y romper un huevo desde adentro es mucho más difícil que remendar uno desde afuera, como todo el mundo sabe.
—¿ y cómo vas a hacer algo tan difícil?, le contestó Felipe sin ninguna esperanza.
—Probemos, dijo el pajarito, vamos a ver, vamos a píripi ver.
El pajarito voló  hasta su nido, revolvió entre sus cachivaches y sus juguetes viejos y volvió trayendo un carretel de hilo de telaraña, una aguja, un poquito de baba del diablo y una pizquita de leche de higo.
Entre los dos volvieron a llenar, como pudieron, las cáscaras con sus claras y sus yemas.
—Pero, decía Felipito, estas yemas están sucias de barro.
—Ssh, le contestaba el pajarito, que muy apurado cocía las cáscaras con la telaraña, luego pegoteaba las grietas con leche de higo y reforzaba todo con baba del diablo.
Pronto estuvieron en fila los seis huevos, un poquitos sucios y remendados, pero huevos al fin.
—Gracias, pajarito, gritó Felipe muy contento.
Y el pajarito le contestó mientras volví volando a su nido:
“¡Pi piripí!”
Felipito llegó a su casa, la mamá el paquete, vio muy asombrada los huevos remendados, miró de reojo a su hijo y murmuró:
- Hum.
Los partió y vio muy enojada las claras y las yemas revueltas y sucias de barro, pelusa, piedritas, y leche de higo.
—¡Otra vez tropezaste! ¿ no te dije que no tenía dinero para comprar más huevos? ¿ Mereces una buena paliza por distraído, boquiabierta y tropezador! ¿ Ahora no tenemos qué comer!
Y le dio una buena paliza y lo mandó a la cama.
Felipito se tiró en su cama y, restregándose la cola dolorida, se puso a llorar y llorar y réquete llorar.
En eso oyó una vocecita que decía:
“¡Piu piripiú!”
Felipe se levantó, fue hasta la ventana y vio que allí, en una rama, estaba su pajarito ayudándolo a llorar otra vez.
—Ya estoy enterado, le dijo el pajarito, te retaron, te pegaron... lloremos, Felipe: ¡Piu piripiú, piu piripiuuuuuu!
Felipe iba a llorar otra vez, pero... miró bien al pajarito y dijo:
— No, no hace falta llorar más.
—¿Cómo no va a hacer falta, en medio de tantas desgracias?, le contestó el pajarito asombrado. Si que hace falta: ¡¡¡pipiú,  piripiú, piupiripiuuuuuu!!!
—Pero te digo que no, lo interrumpió Felipe, qué me importan los retos y las palizas, si hoy he encontrado un amigo como tú... No quiero que llores, quiero que cantes, porque es tan lindo oírte cantar y ser tu amigo que me olvido de todas mis desgracias.
Y el pajarito, luego de pensar un rato, le contestó:
—Tienes razón, cantemos.
Y los dos juntos cantaron:
—¡Pi piripí!

Y verdolín verdolaga,
este cuento así se acaba.

lunes, 6 de junio de 2011

CUENTOS

Así nació Nicolodo     
 
Graciela Montes
Papitodo era principalmente un odo, así que usaba flequillo y
zapatos redondos. Y era amable con todos. Por ejemplo, jamás
pasaba al lado de una hormiga sin decirle buenos días y los
gusanos, que son un poco lentos, los dejaba pasar primero.
Como bien se sabe, los odos suelen vivir en latitas de
azafrán, pero Papitodo alquilaba un cuarto en la Lata de Arvejas del
odo Pancho porque en ese tiempo escaseaban mucho las latitas.
Papitodo era pintor. Pintaba los faroles de la plaza, las chimeneas de los
caracoles, los pasillos de las casas de las hormigas y, si lo dejaban, era capaz de
pintar los pastitos uno por uno, porque Papitodo era un pintor de alma y le
encantaba pintar, de colorado y de azul, a rayas y a cuadritos, del revés y del
derecho, con brocha y con pincel. Así se iba a trabajar muy contento todas las
mañanas.
Sin embargo, un día viernes se asomó afuera, vio que el cielo estaba gris, se
puso a llorar hojitas y dijo:
—Los viernes siempre llueve. (Aunque no era cierto. Pero Papitodo estaba
tristón y se le daba por pensar cosas tristonas.)
Se tomó dos o tres mates, mordisqueó un pastito, se puso el mameluco, se
agarró un tarrito de pintura y pensó con un suspiro: “Estoy muy solo. Hoy pintaría
todos los pastitos de negro” (Por suerte no se conseguía negro por esa zona, así
que los pastitos pudieron seguir siendo verdes.) Y se fue caminando hacia la parada
del ciempiés, tan distraído que casi se lleva por delante un cartel amarillo que decía:
“Lentejas. Botones chicos. Caramelos. También hay paraguas”
“Eso , eso, paraguas”, se dijo Papitodo. “Hoy seguro que llueve”
Y sin pensarlo dos veces golpeó la latita del cartel.
—¿Tiene paraguas? —preguntó en cuanto vio que alguien levantaba la tapita.
—Tengo lentejas, botones chicos y caramelos. Y también un paraguas
colorado. Si quiere se lo puedo prestar —dijo Mamitoda, que estaba muy linda con
su flequillo recién peinado.
Papitodo la miró, la miró, se puso muy colorado y enseguida se enamoró. Y,
como ya se había olvidado del paraguas, se llevó dos lentejas, un botón de cuatro
agujeros y medio caramelo; todo lo que podía cargar. Y dijo hasta mañana.
Mamitoda se miró los pies porque era un poco tímida y se pasó la mano por la
cabeza para ver si estaba bien peinada.
Papitodo estaba contentísimo, tan contento que casi se equivoca de ciempiés
y se toma el que iba al Terreno de Enfrente. Mientras pintaba los faroles de La Plaza
Grande, cantaba:
Los viernes siempre hay sol,
siempre hay sol,
siempre hay sol,
sieeeeeeempre hay sooooooool. (Aunque no era cierto)
Al día siguiente se lustró los zapatos, se puso un chaleco a rayas y fue a la
latita de Mamitoda. Golpeó dos veces y, en cuanto oyó que alguien levantaba la
tapita, dijo rápido rápido para no sentir vergüenza:
—Casáte conmigo. Andá, dale, casáte.
Mamitoda se había vestido de azul y dijo que sí, que se casaba porque ella
también estaba enamorada.
Ese día se fueron a tomar un pastito helado a la plaza y el miércoles, bien
temprano, hicieron las valijas y se mudaron al Terreno de Enfrente porque les
habían dicho que allí era más fácil encontrar latitas de azafrán vacías.
Papitodo pintaba faroles y chimeneas y Mamitoda vendía lentejas, botones
chicos y caramelos. Los domingos de tarde iban al charco a pasear en sapo.
Un día como otros días Mamitoda dijo tocándose la panza:
—Me parece que va a nacer Nicolodo.
—A mí también me parece –dijo Papitodo después de mirarla un rato.
Y así nació Nicolodo. Y después nacieron sus hermanitos.

Eulato
Ricardo Mariño

            Era un huevito muy extraño. No era de mosca, ni de robot, ni de avestruz. Dos lados rojos, dos lados azules, dos lados verdes: un huevito cúbico.
Lo encontraron las hormigas al amanecer. Ellas van y vienen llevando comida al hormiguero. Cuando se encuentran se dan un beso y siguen. ¡Son tantas!.
El primero en verlo fue Quico Hormiga:
- ¡EH! ¡Miren esto! ¡Vengan!
En pocos minutos el huevito cúbico estuvo rodeado de curiosos: la Chinche Verde, el Avispón Mobuto, Tito Nicolás Ciempiés, los Grillos, la Araña Francisca, todo el mundo. Y, por supuesto 300.098 hormigas.
De pronto, mientras miraban al extraño huevito, este empezó a romperse en uno de los lados. En el lado verde.
- ¡Uy! ¡Mamma mía! – gritó entusiasmado el Avispón Mobuto.
Después de romperse el lado verde se abrió también el lado azul y enseguida el rojo.
- ¿Qué sale de ahí? – preguntó nervioso el Ciempiés mientras movía 46 de sus patas izquierdas.
- Es un pájaro de la Patagonia – opinó sin dudar un Gusano -. Lo tengo visto en un manual.
- No. Es una ranita. Una ranita distinta a todas las ranitas – dijo una pulga.
-¡Pero qué va a ser una ranita!. Eso es un pichón de OVNI – gritó T.N. Ciempiés, y ya estaba por iniciar su famosísimo discurso sobre “Vida en otros planetoides”, cuando lo interrumpió la señora Abeja.
- Yo no sé que es – dijo -, pero por la cara, seguro que tiene hambre. Enseguida vuelvo.
Al ratito la Abeja estaba de vuelta con un dedal repleto de miel. Lo acercó al bicho que había salido del huevito cúbico y este devoro toda la miel de una sola vez. Enseguida le trajeron otro dedal y una tapita de gaseosa. Finalmente se le escuchó decir:
- ¡Oink, oink! – se tocó la panza e hizo una mueca, como satisfecho. Todos rieron.
Para la noche, entre todos, le habían conseguido una casita en el gajo 14 de la planta, y un nombre difícil pero simpático: Eulato.
Al día siguiente todo el mundo se levantó temprano para ver a Eulato. Ese día comió siete dedales de miel y tres tapitas. Era la atracción del barrio. Los grandes no hablaban de otra cosa y los chicos imitaban sus gritos.
Al tercer día comió el doble y al cuarto fue necesario agregar a sus alimentos miguitas de pan. En el quinto, granos de girasol y trocitos de ciruela. Era mucho trabajo que daba, pero lo olvidaban cuando por fin escuchaban a Eulato reír, satisfecho: “oink, oink”.
Para la semana siguiente Eulato había crecido varios centímetros. Lulo Grillo anunció entonces que enseñaría a cantar a Eulato. Se sentó ante su atril y entonó: “Grrrilll...”, poniendo esa cara ridícula que ponen los grillos cuando cantan.
- ¡Oinnnk...! – repitió Eulato poniéndose colorado. Después de varias horas Lulo Grillo se marchó furioso.
Al día siguiente, enterada del fracaso de Grillo, la Araña Francisca quiso enseñar a tejer a Eulato. Francisca iba y venía con los hilos, los subía y bajaba, los entrecruzaba y anudaba. Cuando Eulato tuvo que repetir el ejercicio no hizo más que enredarse y cortar hilos. Francisca lo sacó del enredo y se alejó protestando.
Mientras tanto Eulato crecía y crecía. Ahora comía semillas, tallos de hinojo, porotos. Cada día se levantaba más grande.
Una madrugada se escucho gritar y quejarse al Bichocanasto. Eulato había estornudado y la fuerza les estornudo sacudió de tal modo el gajo 14 que el Bichocanasto cayó al suelo.
Eulato crecía y crecía.
En otra oportunidad quiso saltar de una rama a otra, jugando, y aplastó la casita de los gusanos.
En la planta de Limón estaban preocupados. Después de un mes Eulato había crecido tanto que a cada paso suyo el barrio se sacudía; si quería jugar las ramas se doblaban y todo el mundo temblaba de miedo.
Hasta que un día se hizo una reunión para ver qué se hacía con Eulato.
Las opiniones coincidían en que debía irse a vivir a otro lado. Así no se podía seguir. Claro que a nadie le gustaba tener que echarlo de la planta.
De pronto, en medio de la reunión alguien grito: - ¡Allá! ¡Miren eso!
- ¡Uhh! ¡Es igual a Eulato!.
Un bicho igual a Eulato se había parado sobre el tapial vecino y desde allí gritaba:
- Hoink...hoink...hoink...- Igual a Eulato pero con “h”.
- Oink...oink – le contestaba Eulato.
Enseguida, después de agitarse y de tomar carrera en la rama, Eulato dio un salto y salió volando. Dio tres vueltas alrededor del bicho igual a él, y juntos se fueron volando hasta que de tan lejos parecían pequeñísimas manchas del cielo.

ACTIVIDADES




  • Solicitamos a las familias que traigan de casa envases de flan, natillas, yogur… Salimos al patio con los envases vacíos. Les pedimos que los llenen de arena y los vacíen muchas veces. Decimos con ellos: "Arena dentro, arena fuera".
  • Iniciamos a los niños y niñas en las tareas de colocar y guardar el material empleado una vez que se ha trabajado con él. Por ejemplo, después de jugar con las torres les enseñaremos que, antes de cambiar de actividad, hay que desmontarlas y guardar las piezas dentro de su caja.
  • Proponemos a los alumnos el juego "Adentro y afuera". Varios niños cogen una tela grande y se desplazan por la clase al ritmo de una música suave. Cuando paremos la música, a la orden de "¡Adentro!" los niños deberán esconderse bajo la tela. Después, les pedimos que salgan afuera y volvemos a comenzar la actividad.

ADIVINANZAS

Tengo hojitas blancas,                                     
Es el rey del gallinero
en enero, abril y mayo.
Tiene plumas y dos patas,
cresta roja, es el…
(Gallo)


gruesa cabellera
y conmigo llora
toda cocinera.
(La cebolla)


Si yo te miro,
tú me ves.
Y todo lo que digo
te lo digo al revés.
(El espejo)


Chiquito y picarón,
roba queso
como un ladrón.
¿Saben quién es?
(El ratón)


¿Quién es, quién es
el que bebe por los pies?
(El árbol)



Un estuche redondito
que lleva adentro un pollito.
(El huevo)

POESIAS

Yo soy el arbolito Serafín

Yo soy
el Arbolito
Serafín.
Paseo
por el bosque
en mi patín,
me saludan
alegres
primaveras,
me chiflan
los silbidos
en los nidos,
y me lleno
de hojitas
volanderas.
Hojitas verdes
de malvón,
de rosa
y de laurel,
y también
hojitas blancas
de papel.
Canción con ola

Una ola
que estaba
triste y sola
se puso a cantar.
Y desde entonces
cantan todas
las olas del mar.

María Hortensia Lacau

María Hortensia Lacau